LOS JÓVENES, OPCIÓN PREFERENCIAL (3). De Carles Such Hernández

Continuamos con la Carta del P. Ángel Ruiz, hoy nos adentramos en la Primera parte de su Carta, con el título: CÓMO SON LOS JÓVENES HOY. VER CÓMO SON. Salvando la distancia de años de esta mirada a los jóvenes, rescato afirmaciones que suenan actuales o que, en el fondo, son imperecederas, como toda la entrada que escribe el P. Ángel en esta parte:

“Este primer momento es un crescendo continuado. Partir de Calasanz, que es quien une a toda la Familia Calasancia. Acercarse como de puntillas a los jóvenes, para asomarse a su vida y escucharlos constantemente. Y terminar pidiéndoos que os convirtáis a ellos.
Hay que convertirse a los jóvenes porque se les ama con todo el corazón, con todo el ser, como quiere el Padre Dios.
I. CALASANZ Y LOS JÓVENES
Calasanz se acercó a ellos. Se identificó con ellos. Se enamoró de ellos. Y dijo: «He encontrado la manera definitiva de servir a Cristo: ayudar a éstos pobres pequeños. No la dejaré por nada del mundo».
Por eso Calasanz nos une. Porque detrás de él estáis vosotros/as, jóvenes, que constituís la razón de ser de la obra que él fundó. Vosotros, punto de convergencia de todos los afanes de las personas enumeradas en la Dedicatoria. Seguramente que entre vosotros habrá quienes piensan como los jóvenes argentinos. La Familia Calasancia se sentirá gozosa si de alguna manera queréis responder a mi invitación de adheriros a ella. La Familia Calasancia mira con ilusión la iniciativa de la ONU. Y, frente a ciertos escepticismos que ya han asomado, desea tomar posturas claras de colaboración generosa. Consideraría un «pecado social» dejar pasar este Año de la Juventud sin comprometerse con acciones concretas. Pasó el Año de la mujer, del niño, de los minusválidos, de los ancianos. Los medios de comunicación «los celebraron». ¿Dejaremos «pasar» por delante de nuestra puerta este Año Internacional de la Juventud? ¿No es el mismo Jesús de Nazaret quien se identifica con esos jóvenes, a los que la Familia Calasancia es enviada?
Porque en el Evangelio está claro que comprometerse y arriesgarse por los derechos de los jóvenes es hacerlo por los derechos de Dios. Y esa instancia es tanto más apremiante, cuanto más crítica está resultando cada día la situación de la juventud.
Vayan por delante algunas pinceladas para poner a punto nuestra sensibilidad.”fiestas2010.jpg

MI REFLEXIÓN:
“Acercarse como de puntillas a los jóvenes”, es como acariciar una piel ultrajada, besar labios heridos o abrazar el dolor contenido. ¡Qué imagen más hermosa nos regala el P. Ángel! Se nota que ha merodeado en muchas ocasiones ese umbral sagrado que circunda la vida de un joven y que requiere de una delicada cercanía. Quedarte muy lejos te convierte en extraño. Acercarte demasiado puede provocar la cerrazón y el rechazo. De puntillas, como no queriendo, en una cadencia que denota cariño y profundo respeto. El joven es tierna tierra sagrada que demanda descalzar las propias convicciones de uno abriéndose vitalmente, posibilitando un acercamiento espontáneo y natural, prudente, casi con precisión quirúrgica, con la suficiente sensibilidad y tacto para poder penetrar por las hendiduras que Dios deja en todo ser humano. De puntillas, y aún diría más, de rodillas. Porque acercarse a un joven es ejercitar la contemplación, “asomarse a su vida” por la rendijas que dejan sus ventanas. Descubrir el misterio y mirarlo con con agradecimiento. Solo el amor descubierto y suscitado por la presencia del joven provoca la conversión a él. Siento que en muchos momentos de la Carta del P. Ángel, se confunden jóvenes y niños (o al menos yo lo vivo así).
“Convertirse a los jóvenes”, tradicionalmente cuando se habla de conversión se hace el comentario de ‘dar la vuelta y dirigirse hacia’. Pero el P. Ángel aquí marca el contenido de la conversión: el amor. Con todo el corazón, con todo el ser… parece casi una blasfemia comparar a Dios con los jóvenes (pues claramente alude al shemá, la primer mandamiento de la Ley), pero aclara para que no haya confusiones ‘como quiere el Padre Dios’. Para nosotros, escolapios (o cuantos se sientan llamados a dar la vida y entregarla vocacionalmente por los jóvenes), nuestro amor tiene una preferencia (como todo amor para que sea verdadero), los jóvenes (los niños). Amar con todo el corazón y todo el ser no es una fórmula, ni un mandato divino, cuanto la realidad del amor: o se ama en plenitud o no se ama. Esencialmente solo se puede amar cuando uno ‘se niega a sí mismo’ y acoge la realidad del otro como el lugar de Dios, el origen y la meta de su capacidad de amar. En el fondo, amar así es amar a Dios, ¿cómo si no encarno en este mundo mediado por lo que somos el amor a Dios? Intuyo, y no quiero hacer decir lo que no dice, que la pastoral juvenil, el acompañamiento del joven que se concreta amándolo, no es una actividad, no es una cuestión de horas o momentos semanales, no es siquiera una misión concreta, sino la orientación fundamental para poder ser escolapio, y escolapio ‘como Dios Padre quiere’. Cómo si no entender la rotunda afirmación: “Porque en el Evangelio está claro que comprometerse y arriesgarse por los derechos de los jóvenes es hacerlo por los derechos de Dios.”
Acercarse. Identificarse. Enamorarse. Como Calasanz.
Para poder vivir esta conversión que finaliza en amor, nos presenta un itinerario bien interesante y que podría ser la base de un proyecto de pastoral con jóvenes:
1º Acercarse: es lo que hizo el samaritano con aquel pobre hombre que quedó desvalido en tierra tras la paliza que le dieron unos salteadores. Otros pasaron pero ‘no se acercaron’. Acercarse es reconocer al otro, situarlo en su contexto, no juzgar desde lejos ni dar por hecho nada. Acercarse al joven nos permite entenderle, asumir la mirada que tiene sobre la vida, escuchar el rumor de Dios en él. Sin acercamiento no puede haber encuentro, y sin encuentro, no hay posibilidad de evangelizar, de transmitir y hacer vivir la experiencia del evangelio. Por eso, no es momento de esperar sino de salir al encuentro, de acercarse a las realidades donde están los jóvenes y conocer qué les ilusiona, qué decepciones viven, qué aspiraciones y esperanzas, sin querer nada más que compartir, conocer, sentir, escuchar… El camino propondrá sus propias paradas. Y esto, no es nada fácil para los que estamos acostumbrados a controlar, programar y saber de antemano cómo hemos de hacer las cosas…
2º Identificarse. Algunos dirían hoy empatizar, pero es algo más. Identificar supone reconocer y acoger la realidad (identidad) del otro. Cuando yo identifico acerco a la otra persona y posibilito que se dé un encuentro, y dentro de este una historia que puede ser compartida. No es asumir irreflexivamente lo joven por ser joven, sino adentrarse en el porqué de sus decisiones, de sus manifestaciones, de sus búsquedas y respuestas. Identificarse es vivir cerca y rozar el misterio de cada joven, no juzgando sino valorando, discerniendo lo que es bueno y oportuno, de lo que es coyuntural y reactivo. Si algo busca un joven es identidad, por eso, cuando encuentra adultos que se identifican con él, le ganan el corazón y amplían su mirada y su vida, se adhiere. En el fondo, identificarse con un joven es darle la oportunidad de sentirse en casa, de vivir integrado y de sentirse ‘en zapatillas de ir por casa’. La Iglesia necesita (necesitamos) suscitar esta experiencia…
3º Enamorarse. Esto es la consecuencia final. Tras aproximarse a la vida de una persona con respeto y cariño, y poder acoger su realidad hasta sentirla propia, nace sin pretenderlo la atracción, el querer amarlo, el poder amarlo. Enamorarse es un proceso involuntario, gratuito, sorpresivo. Pero la mayoría de las veces siempre le precede una historia (breve e intensa o larga y cadenciosa). Solo los enamorados son capaces de mirar, sentir y actuar de maneras diferentes, de arriesgarse y de dar un giro en su vida y en la vida de la persona a la que sienten amar. Por ello, solo el hecho de que lleguemos a enamorarnos de los jóvenes y niños será el acicate, el pistoletazo de salida de una nueva pastoral jóvenes, de una nueva historia de evangelización protagonizada por enamorados. Quizá necesitemos menos estrategias y más ‘presencia y figura’, “que la dolencia de amor que no se cura, sino con la presencia y la figura” (S. Juan de la Cruz).

Y concluyo con esa advertencia que habla directamente a nuestro Año Jubilar Calasancio y al próximo Sínodo sobre los jóvenes y la fe: “Consideraría un «pecado social» dejar pasar este Año de la Juventud sin comprometerse con acciones concretas.” (Parece resonarme el refrán castellano: ‘obras son amores y no buenas razones’).
Hasta la próxima…