Tolerancia e indignación por Félix Palazzi

Tolerancia, resignación, perdón, olvido, indiferencia, resistencia… son, todas ellas, palabras que se entrecruzan fácilmente en el reino de la arbitrariedad. Cuando no pensamos los conceptos que usamos, corremos el riesgo de extraviarnos en la relatividad de sus significados. Una de nuestras grandes dificultades radica en aceptar que todo pensamiento implica repensarnos a nosotros mismos y a la realidad que nos circunda. Sin embargo, pareciera que la salida más fácil fuese una ideología, con su proliferación de ideas o consignas repetidas, más no pensadas ni asumidas, imposibilitando el encuentro, relativizando la realidad y lo verdadero. En fin, desvirtuando lo real.
La tolerancia es, para muchos, una palabra tan repudiada como la resignación ¿Qué sentido puede tener hablar de tolerancia a una madre o a un padre que han perdido a su hijo por la violencia? ¿podemos tolerar el hecho de vivir con violencia? ¿no será esto la forma más clara de resignación y claudicación? Si las madres de los hijos asesinados salieran a una plaza, sencillamente no hubiese plaza que pudiese albergarlas. Si comparamos la nefasta cifra de los asesinados en un año en nuestro país, casi alcanza a los asesinados o desaparecidos en los siete años que duró la dictadura argentina. Aquí no hay plaza ni mes de mayo, porque no hay lugar ni fecha en la que la violencia termine.
Tolerar no es olvidar o ignorar. Mucho menos es reducir a una persona a una cifra. Tampoco es resignarse. Antes bien, es sacar del olvido y de las sombras a los rostros concretos sin los cuales no podemos reconocer nuestra propia realidad. Es luchar por la justicia y hacer que ella sea una realidad para todos. Ello se traduce en que la vida sea posible, y tenga espacio en todos los niveles y a cada momento.
La justicia debe custodiar y proteger la vida, porque sin vida no hay justicia. La tolerancia se ha de dar en el marco de la justicia o no es tolerancia sino resignación, engaño, indiferencia o ignorancia. Primero se debe reconocer la existencia del otro porque la verdadera tolerancia protege la vida y la hace posible. Este sentido concreto de la tolerancia es el que debemos construir como discurso paralelo al de la violencia, el odio y la exclusión. Sólo así podremos recrear activamente todos los espacios que compartimos.
Ante los hechos de violencia cada vez más crecientes y evidentes, la reacción no puede ser la indolencia o el acostumbrarnos a la muerte. Al contrario, ha de ser la indignación, el espanto, el horror frente a lo que sucede, para poder reencontrarnos con los rostros de tantos que son sometidos a la injusticia. Cuando la tolerancia nace de la indignación nos impulsa a apostar y apoyar los esfuerzos en pro de la justicia y la reconciliación. Si la voz de la violencia pretende recluirnos en nosotros mismos, la voz de la paz y la justicia ha de impulsarnos a salir al encuentro del otro.

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Esperanza y justicia por Félix Palazzi

A veces confundimos la noción de esperanza con la fuga o negación de la realidad, y la esperanza es, ante todo, esperanza en la justicia: sin la búsqueda de la justicia la esperanza se convierte en una ilusión y la justicia sin la esperanza pierde toda capacidad de renovarse.
La esperanza no es producto de un estado de ánimo o la proyección de nuestros buenos deseos. Martin Heidegger afirmó: “debo decir que la filosofía no podrá provocar un cambio inmediato del estado presente del mundo… sólo un Dios puede aún salvarnos”. Hemos de admitir que todos esperamos un cambio de la situación actual que vivimos; más allá de las tendencias políticas o religiosas, todos anhelamos un cambio. Pero la esperanza considerada únicamente como la posibilidad de un cambio o una acción repentina por parte de un liderazgo o de un sistema político o religioso nos hunde más bien en una situación de desesperanza.
La esperanza no se decreta, tampoco se impone. La esperanza nos motiva a buscar y a construir la justicia, esa justicia que, evidentemente, no es directamente equiparable a nuestro sistema jurídico, es decir, la justicia tiene su expresión en un código jurídico y en sus instituciones, pero es mucho más que su expresión legal, porque realmente su finalidad es proteger la diferencia y garantizar que esta exista. Es por ello que sólo la esperanza crea justicia y en la injusticia se crece nuestra esperanza, pues la esperanza se fortalece cuando acoge la espera del otro.
La esperanza nos mueve a la participación y transformación de la realidad. Vivimos en un mundo sin esperanza porque nos hundimos en el mar de la indiferencia. La construcción de un proyecto de nación o eclesial implica una participación de todos que se inicia en el simple gesto de permitir y acoger la diferencia en la que el otro se muestra. No hay justicia donde no se reconoce y se garantiza esa diferencia, y toda lucha por la justicia comienza en el simple reconocimiento y aceptación de lo diferente. Este reconocimiento tiene que hacerse real en las relaciones cotidianas y en el fortalecimiento de espacios comunes. La esperanza más que un estado ilusorio se expresa en la dinámica de nuestra participación en la construcción de una realidad donde la justicia sea posible en todos los ámbitos de nuestra vida.
Recordemos las palabras de Benedicto XVI: “Pero el esfuerzo cotidiano por continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en fanatismo, si no está iluminado por la luz de aquella esperanza más grande que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica”. Heidegger tenía razón: sólo una esperanza mayor, en Dios, nos libera del cansancio o del fanatismo y transforma nuestra esperanza en búsqueda de la justicia.

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Día de la Fraternidad AVEC Valencia

Condecorados Obra Social Calasanz día Fraternidad AVEC.jpgAyer miércoles 18-01-2017 la Asociación Venezolana de Educación Católica (AVEC) Seccional Valencia celebró el Día de la Fraternidad AVEC, evento donde se condecoran a todos los trabajadores de los centro educativos afiliados a la AVEC.

La jornada se realizó en el Colegio Nuestra Señora de Lourdes junto a las autoridades nacional y locales de la AVEC. Hubo palabras de agradecimientos y motivación en la misión y la vocación de educar a la niñez y juventud venezolana.

A nuestros condecorados, FELICIDADES por todos los años compartidos en la AVEC y las Escuelas Pías

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¿Construir la paz o abrir paso a la guerra? Por Félix Palazzi

peace-and-hate.pngEl mismo día que se mostraba el “músculo y el brazo armado de la revolución” para defender a la patria, se enterraba a un ser humano que, protegiendo a su familia, se entregó en las manos del único que le podía dar la verdadera libertad. Unos practicaban la guerra mientras otro se confiaba a la eternidad.
Vivimos en medio de una gran crisis económica y cada quien puede ser libre de postular la causa que más se adapte a su opción partidista. Pero la crisis moral, de valores, alcanza dimensiones mucho más desproporcionadas y descomunales, impidiendo la construcción del “bien común”. A los cristianos, así como a otras comunidades creyentes, nos une el mandamiento de “no matar”. Este mandamiento priva sobre cualquier ideal o causa que se quiera interponer para justificar el hecho de quitarle la vida a otro ser humano. La vida humana no tiene precio, no puede ser igualada a un ideal, por muy noble que éste sea.
En días recientes hemos escuchado hablar de guerra. Nuestra historia contemporánea nos muestra la ineficacia de la misma. Bastaría traer a la memoria y enumerar el número de conflictos armados que realmente han solucionado los problemas de una población. La guerra, a la larga, solo deja vencidos y vencedores, y un alto índice de víctimas.
Abrir el espiral de la violencia con el sueño de poder controlarlo luego, es abrir la ventana a la peor de las pesadillas humanas. El papa Francisco nos recuerda que se necesita mucho más “coraje para hacer la paz” que para llamar a la guerra (25-05-2014). La paz requiere de claridad de valores y principios, necesita del verdadero diálogo, de amar y respetar la dignidad de todo ser humano, de apostar por la justicia antes que crear mayores injusticias. En fin, requiere el esfuerzo de buscar y dar a conocer la verdad.
Siempre habrán algunos que argumentarán los desatinos del pasado para desautorizar a la Iglesia en materia del uso de la violencia. Efectivamente no hay peor cosa que el olvido y el destierro de la memoria histórica de un colectivo para andar errabundos sin horizonte e identidad. El estudio serio y sistemático del magisterio de la Iglesia y las repetidas veces que el sucesor de Pedro ha pedido perdón por los errores del pasado parece evidenciar que la Iglesia no pierde su memoria.
Juan XXIII en su encíclica “Pacem in Terris” recordaba que la paz se fundamenta en el reconocimiento y la custodia de los derechos y deberes de todo ser humano. Construir la paz presupone buscar siempre el “bien común”, es decir, el bienestar de todos los ciudadanos por igual sin importar su raza, credo u opción política. Este mismo “bien común” debería estar presente como criterio internacional para alcanzar la paz. En esta encíclica Juan XXIII propone un programa de valores que deben regir las relaciones en función de alcanzar la paz, como son la ley moral -o el bien común de todos los ciudadanos-, la búsqueda de la verdad, la lucha por la libertad y la defensa de la justicia. Apostar por estos valores y construirlos es lo único que nos permitirá recuperar la paz que necesitamos en nuestra sociedad.

Fuente: http://www.teologiahoy.com