Inicio del noviciado

Inician en el Noviciado #Escolapio

Escuelas Pías Centroamérica y Caribe

El día domingo 22 de enero, nuestra demarcación se ha llenado de alegría, al enviar a nuestro Noviciado de Bogotá, Colombia, a cinco hermanos que han decidido iniciarse en esta aventura de ser escolapios religiosos. Ellos son Rolando Hernández, de Nicaragua; Jesús Carmona y Dylan Leal, de Venezuela; Dianny Prado de Cuba y Luis Demetrio de Costa Rica.

Junto a ellos, un hermano de Brasil y dos de Colombia inician la vivencia de esta etapa formativa, en la que buscan centrarse en la llamada que Dios les hace a vivir como lo hizo Calasanz. Esperamos que este año de gracia les permita consolidar su vocación, y sea un testimonio para todos aquellos que, como ustedes, sueñan con vivir a plenitud el carisma y la misión del santo fundador.

               ¡Que Dios les bendiga!

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Tolerancia e indignación por Félix Palazzi

Tolerancia, resignación, perdón, olvido, indiferencia, resistencia… son, todas ellas, palabras que se entrecruzan fácilmente en el reino de la arbitrariedad. Cuando no pensamos los conceptos que usamos, corremos el riesgo de extraviarnos en la relatividad de sus significados. Una de nuestras grandes dificultades radica en aceptar que todo pensamiento implica repensarnos a nosotros mismos y a la realidad que nos circunda. Sin embargo, pareciera que la salida más fácil fuese una ideología, con su proliferación de ideas o consignas repetidas, más no pensadas ni asumidas, imposibilitando el encuentro, relativizando la realidad y lo verdadero. En fin, desvirtuando lo real.
La tolerancia es, para muchos, una palabra tan repudiada como la resignación ¿Qué sentido puede tener hablar de tolerancia a una madre o a un padre que han perdido a su hijo por la violencia? ¿podemos tolerar el hecho de vivir con violencia? ¿no será esto la forma más clara de resignación y claudicación? Si las madres de los hijos asesinados salieran a una plaza, sencillamente no hubiese plaza que pudiese albergarlas. Si comparamos la nefasta cifra de los asesinados en un año en nuestro país, casi alcanza a los asesinados o desaparecidos en los siete años que duró la dictadura argentina. Aquí no hay plaza ni mes de mayo, porque no hay lugar ni fecha en la que la violencia termine.
Tolerar no es olvidar o ignorar. Mucho menos es reducir a una persona a una cifra. Tampoco es resignarse. Antes bien, es sacar del olvido y de las sombras a los rostros concretos sin los cuales no podemos reconocer nuestra propia realidad. Es luchar por la justicia y hacer que ella sea una realidad para todos. Ello se traduce en que la vida sea posible, y tenga espacio en todos los niveles y a cada momento.
La justicia debe custodiar y proteger la vida, porque sin vida no hay justicia. La tolerancia se ha de dar en el marco de la justicia o no es tolerancia sino resignación, engaño, indiferencia o ignorancia. Primero se debe reconocer la existencia del otro porque la verdadera tolerancia protege la vida y la hace posible. Este sentido concreto de la tolerancia es el que debemos construir como discurso paralelo al de la violencia, el odio y la exclusión. Sólo así podremos recrear activamente todos los espacios que compartimos.
Ante los hechos de violencia cada vez más crecientes y evidentes, la reacción no puede ser la indolencia o el acostumbrarnos a la muerte. Al contrario, ha de ser la indignación, el espanto, el horror frente a lo que sucede, para poder reencontrarnos con los rostros de tantos que son sometidos a la injusticia. Cuando la tolerancia nace de la indignación nos impulsa a apostar y apoyar los esfuerzos en pro de la justicia y la reconciliación. Si la voz de la violencia pretende recluirnos en nosotros mismos, la voz de la paz y la justicia ha de impulsarnos a salir al encuentro del otro.

Fuente: http://www.teologiahoy.com

La tolerancia y la pasión por la verdad por Félix Palazzi

Estamos acostumbrados a escuchar discursos que llaman a la tolerancia, no obstante, en muchas de estas arengas se esconde una arraigada actitud de intolerancia en la que no existe realmente espacio para el diálogo. Ese tipo de tolerancia, a la larga, tiende a confundirse con la complicidad o la omisión, porque el verdadero diálogo nace sólo desde el interés o la pasión por la verdad.
La tolerancia, en su sentido positivo, tiene como objetivo la búsqueda de la verdad. La misma se nos transforma en una tarea impostergable, porque cuando no hay verdad lo que está en riesgo es nuestra propia noción de ser humano. Sin la verdad perdemos de vista todo el horizonte que posibilita nuestra referencia e identidad. La desvalorización de la verdad conduce a la degradación de la vida humana. Cuando la verdad deja de ser una exigencia y un valor en nuestra vida, entonces todo se relativiza, pues cualquier criterio es considerado igualmente válido. Vivimos tiempos difíciles, pero sin la pasión por la verdad y sin la creación de espacios y actitudes amplias y plurales, será imposible reconstruir nuestra realidad e identidad.
Pero, ¿qué es la verdad? Esta pregunta ha inquietado el interés humano a lo largo de la historia. Más allá de toda consideración referida al orden del conocimiento, la verdad se presenta como lo dado, nunca es una realidad puramente subjetiva o personal. Es decir, la verdad siempre nos es donada, entregada, confiada, correspondida. A la verdad se le puede acoger o rechazar, buscar o ignorar, pero nunca dependerá, única y exclusivamente, de nuestros propios criterios o experiencias: siempre será una verdad compartida o correlativa a la realidad.
La verdad es siempre plural en una unidad de sentido y significado. No se trata de una pluralidad en la que todos tienen razón porque una tal razón de esas no logra dar sentido a nada. A esta visión de la realidad Benedicto XVI la ha denominado el “imperio del relativismo”. La podemos explicar con una experiencia común, sencilla y fácil de exponer: cuando nos referimos a Dios y creemos que en esa palabra cabe todo y todo es igualmente válido, terminamos privando a Dios de su contenido y dejándolo referido a un ser absolutamente neutral que no tiene ningún significado en la existencia más allá de una energía extrasensorial superior a todo bien o mal en el mundo. Por eso decíamos que la pasión por la verdad genera la tolerancia, en el sentido de que permite el establecimiento de un diálogo que consiente en percibir la unidad y el significado de las diversas afirmaciones o posturas. Y este ejemplo es aplicable a todos los ámbitos, desde el político hasta el personal. Cuando la pasión por la verdad se extingue y sólo asentimos ante nuestra verdad, sin dar lugar a una verdad mayor, entonces somos incapaces de percibir, significar, transformar la realidad y vivir en ella.

Fuente: http://www.teologiahoy.com

Educar en la tolerancia por Félix Palazzi

1383229_538461642910577_1765957579_n.pngA menudo la tolerancia se restringe al simple ejercicio del soportar o resignarse, sobrellevando pacientemente las posturas contrarias. Esta limitación ha conducido al escepticismo, a la indiferencia, pues en los espacios en los que no se logran distinguir los matices y valorar la diferencia, impera el reino del “relativismo” y la desesperanza.
La manipulación de la verdad conlleva la distorsión de la realidad humana; cuando no hay verdad perdemos cualquier punto de referencia que pueda servir de orientación en la configuración personal y colectiva. Existen sectores de la realidad a los que se presta mayor atención en nuestro quehacer cotidiano, ya que atraviesan una profunda crisis, por el ejemplo, la economía, la política etc. Así que casi inadvertidamente y de forma silenciosa nuestra crisis humana resiste las vicisitudes diarias, porque no se trata de una crisis sólo política o económica, es también y con igual importancia, una crisis humana. Solventar los grandes problemas económicos o políticos que nos aquejan sin prestar atención a nuestra humanidad fuertemente golpeada por la violencia, la exclusión o la mentira será apenas una salida a medias con fuertes repercusiones futuras.
Cuando al presidente de Ruanda le preguntaron si él creía que no volvería a presentarse una crisis genocida en su país, dijo tener esperanza solamente en la educación de las generaciones futuras. No hay ninguna diferencia entre el ciudadano común que asumió un machete para emprender una limpieza étnica o el funcionario que a quemarropa dispara contra un estudiante o la población civil, ambos creen estar convencidos de cumplir con su deber, incluso piensan que hay principios que los justifican, y están persuadidos de que hay una verdad que defender. Pero educar en la tolerancia es educar en la verdad, sin educación no habrá paz. Hay generaciones que han crecido escuchando hablar en los espacios familiares y comunes de enemigos y oponentes; hay generaciones ignoradas y abandonadas a la dinámica sangrienta de la violencia (bastaría observar la cifra escandalosa de jóvenes asesinados en nuestros espacios populares). Todos piensan tener principios claros desde los que pueden justificar posiciones irreconciliables.
Educar es tan difícil e importante como gobernar, ya que comúnmente se piensa que educar o la vida política es siempre tarea de otros, de un presidente, del partido, la escuela o el maestro. Pero educar es despertar la pasión por la verdad, y sólo desde la verdad se acepta la diferencia y se valora la realidad de lo distinto que evita la intolerancia. La verdad tiene como criterio de veracidad a la justicia. No hay verdad donde hay exclusión, mucho menos, si ésta produce o esconde la injusticia. Educar es despertar la pasión por la diferencia, el encuentro y el diálogo. Una pasión de la que todos estamos llamados a participar.

Fuente: http://www.teologiahoy.com

 

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Esperanza y justicia por Félix Palazzi

A veces confundimos la noción de esperanza con la fuga o negación de la realidad, y la esperanza es, ante todo, esperanza en la justicia: sin la búsqueda de la justicia la esperanza se convierte en una ilusión y la justicia sin la esperanza pierde toda capacidad de renovarse.
La esperanza no es producto de un estado de ánimo o la proyección de nuestros buenos deseos. Martin Heidegger afirmó: “debo decir que la filosofía no podrá provocar un cambio inmediato del estado presente del mundo… sólo un Dios puede aún salvarnos”. Hemos de admitir que todos esperamos un cambio de la situación actual que vivimos; más allá de las tendencias políticas o religiosas, todos anhelamos un cambio. Pero la esperanza considerada únicamente como la posibilidad de un cambio o una acción repentina por parte de un liderazgo o de un sistema político o religioso nos hunde más bien en una situación de desesperanza.
La esperanza no se decreta, tampoco se impone. La esperanza nos motiva a buscar y a construir la justicia, esa justicia que, evidentemente, no es directamente equiparable a nuestro sistema jurídico, es decir, la justicia tiene su expresión en un código jurídico y en sus instituciones, pero es mucho más que su expresión legal, porque realmente su finalidad es proteger la diferencia y garantizar que esta exista. Es por ello que sólo la esperanza crea justicia y en la injusticia se crece nuestra esperanza, pues la esperanza se fortalece cuando acoge la espera del otro.
La esperanza nos mueve a la participación y transformación de la realidad. Vivimos en un mundo sin esperanza porque nos hundimos en el mar de la indiferencia. La construcción de un proyecto de nación o eclesial implica una participación de todos que se inicia en el simple gesto de permitir y acoger la diferencia en la que el otro se muestra. No hay justicia donde no se reconoce y se garantiza esa diferencia, y toda lucha por la justicia comienza en el simple reconocimiento y aceptación de lo diferente. Este reconocimiento tiene que hacerse real en las relaciones cotidianas y en el fortalecimiento de espacios comunes. La esperanza más que un estado ilusorio se expresa en la dinámica de nuestra participación en la construcción de una realidad donde la justicia sea posible en todos los ámbitos de nuestra vida.
Recordemos las palabras de Benedicto XVI: “Pero el esfuerzo cotidiano por continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en fanatismo, si no está iluminado por la luz de aquella esperanza más grande que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica”. Heidegger tenía razón: sólo una esperanza mayor, en Dios, nos libera del cansancio o del fanatismo y transforma nuestra esperanza en búsqueda de la justicia.

Fuente: http://www.teologiahoy.com

Día de la Fraternidad AVEC Valencia

Condecorados Obra Social Calasanz día Fraternidad AVEC.jpgAyer miércoles 18-01-2017 la Asociación Venezolana de Educación Católica (AVEC) Seccional Valencia celebró el Día de la Fraternidad AVEC, evento donde se condecoran a todos los trabajadores de los centro educativos afiliados a la AVEC.

La jornada se realizó en el Colegio Nuestra Señora de Lourdes junto a las autoridades nacional y locales de la AVEC. Hubo palabras de agradecimientos y motivación en la misión y la vocación de educar a la niñez y juventud venezolana.

A nuestros condecorados, FELICIDADES por todos los años compartidos en la AVEC y las Escuelas Pías

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¿Construir la paz o abrir paso a la guerra? Por Félix Palazzi

peace-and-hate.pngEl mismo día que se mostraba el “músculo y el brazo armado de la revolución” para defender a la patria, se enterraba a un ser humano que, protegiendo a su familia, se entregó en las manos del único que le podía dar la verdadera libertad. Unos practicaban la guerra mientras otro se confiaba a la eternidad.
Vivimos en medio de una gran crisis económica y cada quien puede ser libre de postular la causa que más se adapte a su opción partidista. Pero la crisis moral, de valores, alcanza dimensiones mucho más desproporcionadas y descomunales, impidiendo la construcción del “bien común”. A los cristianos, así como a otras comunidades creyentes, nos une el mandamiento de “no matar”. Este mandamiento priva sobre cualquier ideal o causa que se quiera interponer para justificar el hecho de quitarle la vida a otro ser humano. La vida humana no tiene precio, no puede ser igualada a un ideal, por muy noble que éste sea.
En días recientes hemos escuchado hablar de guerra. Nuestra historia contemporánea nos muestra la ineficacia de la misma. Bastaría traer a la memoria y enumerar el número de conflictos armados que realmente han solucionado los problemas de una población. La guerra, a la larga, solo deja vencidos y vencedores, y un alto índice de víctimas.
Abrir el espiral de la violencia con el sueño de poder controlarlo luego, es abrir la ventana a la peor de las pesadillas humanas. El papa Francisco nos recuerda que se necesita mucho más “coraje para hacer la paz” que para llamar a la guerra (25-05-2014). La paz requiere de claridad de valores y principios, necesita del verdadero diálogo, de amar y respetar la dignidad de todo ser humano, de apostar por la justicia antes que crear mayores injusticias. En fin, requiere el esfuerzo de buscar y dar a conocer la verdad.
Siempre habrán algunos que argumentarán los desatinos del pasado para desautorizar a la Iglesia en materia del uso de la violencia. Efectivamente no hay peor cosa que el olvido y el destierro de la memoria histórica de un colectivo para andar errabundos sin horizonte e identidad. El estudio serio y sistemático del magisterio de la Iglesia y las repetidas veces que el sucesor de Pedro ha pedido perdón por los errores del pasado parece evidenciar que la Iglesia no pierde su memoria.
Juan XXIII en su encíclica “Pacem in Terris” recordaba que la paz se fundamenta en el reconocimiento y la custodia de los derechos y deberes de todo ser humano. Construir la paz presupone buscar siempre el “bien común”, es decir, el bienestar de todos los ciudadanos por igual sin importar su raza, credo u opción política. Este mismo “bien común” debería estar presente como criterio internacional para alcanzar la paz. En esta encíclica Juan XXIII propone un programa de valores que deben regir las relaciones en función de alcanzar la paz, como son la ley moral -o el bien común de todos los ciudadanos-, la búsqueda de la verdad, la lucha por la libertad y la defensa de la justicia. Apostar por estos valores y construirlos es lo único que nos permitirá recuperar la paz que necesitamos en nuestra sociedad.

Fuente: http://www.teologiahoy.com