9 de marzo: Día del Voluntariado #ItakaEscolapios

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La red Itaka-Escolapios, a través del equipo general de Voluntariado, ha propuesto a las diferentes demarcaciones y sedes la celebración del Día del Voluntariado en Itaka-Escolapios: una jornada especialmente dedicada a dar a conocer, valorar e impulsar el voluntariado como nuestra seña de identidad, profundizando en sus claves escolapias. La fecha elegida es el 9 de marzo, aniversario de la constitución de la Fundación Itaka-Escolapios.
Esta iniciativa, que ha tenido muy buena acogida, se presenta además como una aportación de la red a las diversas actividades que se están realizando con motivo del año jubilar.
Podemos encontrar algunos materiales de este día y también del calendario completo de este Año jubilar escolapio en http://www.escolapios21.org/ano-jubilar/calendario-del-ano-jubilar/

Fuente: http://www.itakaescolapios.org/2017/03/9-de-marzo-dia-del-voluntariado-en-itaka-escolapios/

 

¡Feliz Navidad!

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Pronto celebraremos la Navidad y tendremos la oportunidad de compartir con nuestros familiares y amigos momentos únicos llenos de mucha alegría. Compartimos unas líneas de Pedro Casaldáliga: 

«Que sea Navidad, la verdadera… que sea verdad todo lo que decimos en la liturgia y el folclore. Que sea una Navidad de las raíces de Belén, el Misterio de la Encarnación llamándonos a hacer Reino cada día. Que sea Navidad, que no nos perdamos la Navidad»

Por eso desde la Obra Social Calasanz y la Comunidad Cristiana Escolapia de Valencia les deseamos una maravillosa y Feliz Navidad

Inesperando al Dios inesperado. J. De La Riva

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A propósito de Inesperar, verbo no verbal.
Tengo una duda lingüística a pesar de ser profesor de lengua, o quizá por eso… ¿Se puede “inesperar”? ¿Existe ese verbo? Pero más allá del verbo, que, mira, casi me da igual… ¿existe la verdad del que “inespera”? ¿Existe alguien, ahora mismo, que esté “inesperando”?
No, no se rían de mí todavía. Esperen. Sí esperen. Quizá estas líneas tengan un final inesperado. Pero para eso tendrán que aprender a inesperar sobre la marcha, así, según me leen. Si no, difícilmente el final será inesperado. Permítanme que le haya quitado ya las comillas a esta palabra, para la que reclamo un hueco en nuestro léxico, igual que lo tienen inesperado/a. Ya se encargará Word de subrayar con rojo cada inesperanza, no se preocupen por eso.
Porque ese participio sí que existe, él solito, sin verbo que le guarde una casilla en su tabla de tiempos, números y personas… I-nes-pe-rado. Debe ser un participio reducido a la categoría de adjetivo.
Y como simple adjetivo, lo maltratamos, y se lo aplicamos a muchas cosas que sin duda no lo son, y nos equivocamos casi siempre, porque no sabemos inesperar.
Por ejemplo, decimos que inesperadamente llegó la navidad en El Corte Inglés, pero, ¿hay algo más esperable que los reclamos para el negocio, luces enchufables para invitar a hacer lo mismo de siempre?
O decimos que fue un éxito inesperado el de aquél o aquella cantante nuevo/a, siendo sin embargo un fruto más del mercado de las novedades que la propia novedad de la siguiente novedad se encargará de hacer olvidar.
O fue inesperado el triunfo de tal o cual político, y lo decimos como si fuera la novedad del milenio, sabiendo que el egoísmo estaba ya más que inventado, y se deja ver con una frecuencia que difícilmente le puede a uno pillar por sorpresa.
No. Eso no tiene nada de inesperado. Y no lo tiene porque no había nadie “inesperando”.
Definitivamente, inesperar debe ser un verbo no verbal, entiéndase, un gesto, actitud, sensación o pálpito. Algo que sólo puede sentirse y no pronunciarse, de ahí su no “verbalidad” (y disculpen de nuevo la agresión al léxico). Y hace falta la persona que sienta eso ahí, dentro.
Pregunté a Google por tal verbo, y le pillé por sorpresa. No me supo dar ni una sola entrada del verbo inesperar, y amablemente, como es él, me corrigió por “esperar”. Sólo un cantante brasilero le puso ese nombre a una canción. Eso sí, los bites me invitaron a hacer en Facebook una nueva página con ese nombre, e innumerables propuestas me llevaban a sus páginas inventando películas con ese nombre, para quedarme allí, en sus tentáculos. Qué previsible.
Hablando de películas, yo creo que en las de miedo sí que inesperamos bastante. En ellas, nos vamos preparando para el susto, como en aquél chiste de zuto o muete. La música nos prepara, la puerta, el picaporte, el primer plano… Y de repente, cuando más lo esperábamos, entonces nos cansamos de esperar, nuestro sistema nervioso relaja un poco, lo suficiente para seguir comiendo palomitas, o rascarnos la cabeza… y entonces, sólo entonces, cuando inesperamos, llega el susto y nos asustamos. Es curioso pero tiene que haber un segundo, o una milésima de segundo, donde dejamos de esperar, y es entonces donde se cuela lo inesperado. El director sabe perfectamente cuando inesperamos. ¿Cómo te quedas?
Pero… ¿y si además de con los sustos, pasase con la alegría?. ¿Y si de tanto esperar las alegrías de siempre, intentando poner nuestra mejor música y color, buscar nuestro mejor perfil y olor, comprando nuestro mayor placer y solaz… y si en medio de tanta expectativa… de repente inesperásemos, le dejásemos un resquicio a la alegría para que nos sorprenda por la espalda, relajásemos el corazón y dejemos de buscarla, precisamente para así poder recibirla?
Pues sí, existen los saltos de alegría, los sopetones de amor, que, como el susto, nos pueden estar esperando a que dejemos de controlarlo todo, a que relajemos, a que callemos, a que esponjemos el corazón, a que dejemos que alguien nos regale la alegría.
Los acomodados, los que vivimos a este lado de las alambradas y los mares asesinos, casi ya no inesperamos. Sólo en las pelis de miedo. Normalmente no queremos que ninguna alegría nos meta el dedo allí donde más cosquillas tenemos. Sólo compramos alegrías.
Pero los pobres sí, esos sí saben. Lo veo en María. Esta niña nos enseña bastante de esto en Adviento. Es experta en dejar que lo inesperado la sorprenda del modo más natural, porque está siempre inesperando. Porque sabe que sus logros no conquistarán nunca la alegría, sino que le vendrá.
También saben de esto los pescadores, siempre inesperando, noche tras noche, hasta que la cuerda tira y la comida llena la cesta.
Jesús pescador era sin duda un inesperador impenitente: ¡tantas veces saltó de alegría!. Fue en aquella mesa en que la extranjera le pide con más fe que el más judío. O en casa de Zaqueo, que rima con Mateo en el susto solidario que le dieron a Jesús. O en casa del fariseo Simeón donde le hicieron cosquillas en los pies con los cabellos. O en el susto inesperable de Jesús por las canastas sobrantes del banquete de los pobres. O en las gracias de un leproso. O en la mirada de un niño. O en la oveja encontrada. O en la piedra que suelta la mano terca. O en el Cirineo que suda con él. O en la cara de susto de los apóstoles inesperadamente resucitados. Ya de niño aprendió a inesperar de pastores y magos, de José y Maria.
Es curioso lo inesperado, porque viene de fuera, como un susto alegre, pero hay que inesperarlo.
Desde luego, Dios es… inesperado no, lo siguiente.

P. Juan De La Riva – Escolapio

Transformar en clave pastoral

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Están de moda las trilogías, y estos últimos números han dado noticia de una de las más apasionantes y épicas de cuantas se puedan filmar, la de tantos hombres y mujeres que desde la educación han transmitido el Evangelio, desde la Evangelización han educado y hecho crecer a nuevas personas, y todo ello para cambiar esa tozuda realidad que, parece que no, pero sí cambia, vaya que sí. Educar, Anunciar, y ahora, Transformar.

Y es que cuando hay muchas personas, y en la iglesia “las estamos”, que apuestan fuerte por no dejar de soñar mientras Dios no lo haga, y no lo ha dejado de hacer nunca, pues entonces la utopía está presente como la levadura en la masa y fermenta todo el pastel.

La realidad puede ser cambiada, porque las personas podemos cambiar. Y porque el Evangelio cambia. Cómo me gusta esa frase, tan evangélica (de hecho algún grupo evangélico americano la va extendiendo en millares de camisetas.

Algunos de nosotros fuimos educados y evangelizados en la época de la ética de la transformación social, con sus análisis del Ver, Juzgar y Actuar, con sus estrategias no-violentas (algunos fuimos incluso objetores e insumisos a cosas que ya no existen gracias a aquello), con sus marchas y reivindicaciones, con la liberación como Evangelio… Y muchos de nosotros hemos mantenido ese espíritu de utopía aunque deje de estar de moda y pegue más lo subjetivo-intimista.

No hay aporía. Lo interior nos lleva a lo exterior. Y el exterior es el vecino recién llegado que no sabe hablar bien castellano. Y el exterior es el parado que aunque la crisis pasa para muchos, él se queda en el banco. Y el exterior es la mujer golpeada, o el niño entre dos fuegos paterno y materno, o la abuela sola, o el discapacitado que ni modo de encontrar empleo. Y la guerra que está lejos, pero se fabrica en casa. Y la nube gris que yo mismo he generado. Y los dolores de la tierra que pareciera quejarse de tanto maltrato.

Lo interior es también compasión, padecer con el otro para poder así tenderle la mano y encontrarme más yo en el abrazo. Lo interior es metanoia personal para el cambio social y para el cuidado de la vida planetaria. No hay aporía, todo confluye.

Seguiremos aportando nuestra sensibilidad calasancia en este 400 aniversario ya inaugurado de una congregación empeñada en reformar el mundo, sembrando en él personas nuevas. Una escuela del sol que quería encarnar y poner en horario y calendario las utopías más luminosas de aquél siglo: Campanela vislumbraba ya la ciudad del sol, y Calasanz preparaba sus primeros habitantes.

No puedo dejar de mencionar palabras de Francisco dirigidas a toda la orden: Por encima de todo, sigan las huellas que los niños y los jóvenes llevan escritas en sus ojos. Mírenles a la cara y déjense contagiar por su brillo para ser portadores de futuro y esperanza. Dios les conceda encontrarse proféticamente presentes en los rincones donde los niños sufren injustamente.

Hoy más que nunca necesitamos una pedagogía evangelizadora que sea capaz de cambiar el corazón y la realidad en sintonía con el Reino de Dios, haciendo a las personas protagonistas y partícipes del proceso.

Sigamos generando vida que cambie la vida. Apostemos por la utopía y la compasión, por el hermano y el planeta, por la inteligencia sintiente y el sentimiento que reflexiona y busca caminos nuevos, por el niño y la niña, por el joven, que portan ya en su mirada un mañana diferente.

Juan Carlos de la Riva Sch. P. | Director de RPJ

Fuente: http://revistadepastoraljuvenil.es/2016/12/07/educar-anunciar-transformar-2/