Un Dios cercano. J. Pagola

31702475726_5a5ef97021.jpgLa Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se respira estos días en nuestras calles. Una fiesta mucho más honda y gozosa que todos los artilugios de nuestra sociedad de consumo.
Los creyentes tenemos que recuperar de nuevo el corazón de esta fiesta y descubrir detrás de tanta superficialidad y aturdimiento el misterio que da origen a nuestra alegría. Tenemos que aprender a «celebrar» la Navidad. No todos saben lo que es celebrar. No todos saben lo que es abrir el corazón a la alegría.
Y, sin embargo, no entenderemos la Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca, alegrarnos con la vida que se nos ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo.
En medio de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste, se nos invita a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida» (León Magno). No se trata de una alegría insulsa y superficial. La alegría de quienes están alegres sin saber por qué. «Tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría plena y para la fiesta solemne: Dios se ha hecho hombre y ha venido a habitar entre nosotros» (Leonardo Boff). Hay una alegría que solo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios y se dejan atraer por su ternura.
Una alegría que nos libera de miedos, desconfianzas e inhibiciones ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo rehuir a quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso? Dios no ha venido armado de poder para imponerse a los hombres. Se nos ha acercado en la ternura de un niño a quien podemos acoger o rechazar.
Dios no puede ser ya el Ser «omnipotente» y «poderoso» que nosotros sospechamos, encerrado en la seriedad y el misterio de un mundo inaccesible. Dios es este niño entregado cariñosamente a la humanidad, este pequeño que busca nuestra mirada para alegrarnos con su sonrisa.
El hecho de que Dios se haya hecho niño dice mucho más de cómo es Dios que todas nuestras cavilaciones y especulaciones sobre su misterio. Si supiéramos detenernos en silencio ante este niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizá entenderíamos por qué el corazón de un creyente debe estar transido de una alegría diferente estos días de Navidad.

Natividad del Señor – A
(Lucas 2,1-14)
24 de diciembre 2016

¡Feliz Navidad!

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Pronto celebraremos la Navidad y tendremos la oportunidad de compartir con nuestros familiares y amigos momentos únicos llenos de mucha alegría. Compartimos unas líneas de Pedro Casaldáliga: 

«Que sea Navidad, la verdadera… que sea verdad todo lo que decimos en la liturgia y el folclore. Que sea una Navidad de las raíces de Belén, el Misterio de la Encarnación llamándonos a hacer Reino cada día. Que sea Navidad, que no nos perdamos la Navidad»

Por eso desde la Obra Social Calasanz y la Comunidad Cristiana Escolapia de Valencia les deseamos una maravillosa y Feliz Navidad

LOS JÓVENES, OPCIÓN PREFERENCIAL (3). De Carles Such Hernández

Continuamos con la Carta del P. Ángel Ruiz, hoy nos adentramos en la Primera parte de su Carta, con el título: CÓMO SON LOS JÓVENES HOY. VER CÓMO SON. Salvando la distancia de años de esta mirada a los jóvenes, rescato afirmaciones que suenan actuales o que, en el fondo, son imperecederas, como toda la entrada que escribe el P. Ángel en esta parte:

“Este primer momento es un crescendo continuado. Partir de Calasanz, que es quien une a toda la Familia Calasancia. Acercarse como de puntillas a los jóvenes, para asomarse a su vida y escucharlos constantemente. Y terminar pidiéndoos que os convirtáis a ellos.
Hay que convertirse a los jóvenes porque se les ama con todo el corazón, con todo el ser, como quiere el Padre Dios.
I. CALASANZ Y LOS JÓVENES
Calasanz se acercó a ellos. Se identificó con ellos. Se enamoró de ellos. Y dijo: «He encontrado la manera definitiva de servir a Cristo: ayudar a éstos pobres pequeños. No la dejaré por nada del mundo».
Por eso Calasanz nos une. Porque detrás de él estáis vosotros/as, jóvenes, que constituís la razón de ser de la obra que él fundó. Vosotros, punto de convergencia de todos los afanes de las personas enumeradas en la Dedicatoria. Seguramente que entre vosotros habrá quienes piensan como los jóvenes argentinos. La Familia Calasancia se sentirá gozosa si de alguna manera queréis responder a mi invitación de adheriros a ella. La Familia Calasancia mira con ilusión la iniciativa de la ONU. Y, frente a ciertos escepticismos que ya han asomado, desea tomar posturas claras de colaboración generosa. Consideraría un «pecado social» dejar pasar este Año de la Juventud sin comprometerse con acciones concretas. Pasó el Año de la mujer, del niño, de los minusválidos, de los ancianos. Los medios de comunicación «los celebraron». ¿Dejaremos «pasar» por delante de nuestra puerta este Año Internacional de la Juventud? ¿No es el mismo Jesús de Nazaret quien se identifica con esos jóvenes, a los que la Familia Calasancia es enviada?
Porque en el Evangelio está claro que comprometerse y arriesgarse por los derechos de los jóvenes es hacerlo por los derechos de Dios. Y esa instancia es tanto más apremiante, cuanto más crítica está resultando cada día la situación de la juventud.
Vayan por delante algunas pinceladas para poner a punto nuestra sensibilidad.”fiestas2010.jpg

MI REFLEXIÓN:
“Acercarse como de puntillas a los jóvenes”, es como acariciar una piel ultrajada, besar labios heridos o abrazar el dolor contenido. ¡Qué imagen más hermosa nos regala el P. Ángel! Se nota que ha merodeado en muchas ocasiones ese umbral sagrado que circunda la vida de un joven y que requiere de una delicada cercanía. Quedarte muy lejos te convierte en extraño. Acercarte demasiado puede provocar la cerrazón y el rechazo. De puntillas, como no queriendo, en una cadencia que denota cariño y profundo respeto. El joven es tierna tierra sagrada que demanda descalzar las propias convicciones de uno abriéndose vitalmente, posibilitando un acercamiento espontáneo y natural, prudente, casi con precisión quirúrgica, con la suficiente sensibilidad y tacto para poder penetrar por las hendiduras que Dios deja en todo ser humano. De puntillas, y aún diría más, de rodillas. Porque acercarse a un joven es ejercitar la contemplación, “asomarse a su vida” por la rendijas que dejan sus ventanas. Descubrir el misterio y mirarlo con con agradecimiento. Solo el amor descubierto y suscitado por la presencia del joven provoca la conversión a él. Siento que en muchos momentos de la Carta del P. Ángel, se confunden jóvenes y niños (o al menos yo lo vivo así).
“Convertirse a los jóvenes”, tradicionalmente cuando se habla de conversión se hace el comentario de ‘dar la vuelta y dirigirse hacia’. Pero el P. Ángel aquí marca el contenido de la conversión: el amor. Con todo el corazón, con todo el ser… parece casi una blasfemia comparar a Dios con los jóvenes (pues claramente alude al shemá, la primer mandamiento de la Ley), pero aclara para que no haya confusiones ‘como quiere el Padre Dios’. Para nosotros, escolapios (o cuantos se sientan llamados a dar la vida y entregarla vocacionalmente por los jóvenes), nuestro amor tiene una preferencia (como todo amor para que sea verdadero), los jóvenes (los niños). Amar con todo el corazón y todo el ser no es una fórmula, ni un mandato divino, cuanto la realidad del amor: o se ama en plenitud o no se ama. Esencialmente solo se puede amar cuando uno ‘se niega a sí mismo’ y acoge la realidad del otro como el lugar de Dios, el origen y la meta de su capacidad de amar. En el fondo, amar así es amar a Dios, ¿cómo si no encarno en este mundo mediado por lo que somos el amor a Dios? Intuyo, y no quiero hacer decir lo que no dice, que la pastoral juvenil, el acompañamiento del joven que se concreta amándolo, no es una actividad, no es una cuestión de horas o momentos semanales, no es siquiera una misión concreta, sino la orientación fundamental para poder ser escolapio, y escolapio ‘como Dios Padre quiere’. Cómo si no entender la rotunda afirmación: “Porque en el Evangelio está claro que comprometerse y arriesgarse por los derechos de los jóvenes es hacerlo por los derechos de Dios.”
Acercarse. Identificarse. Enamorarse. Como Calasanz.
Para poder vivir esta conversión que finaliza en amor, nos presenta un itinerario bien interesante y que podría ser la base de un proyecto de pastoral con jóvenes:
1º Acercarse: es lo que hizo el samaritano con aquel pobre hombre que quedó desvalido en tierra tras la paliza que le dieron unos salteadores. Otros pasaron pero ‘no se acercaron’. Acercarse es reconocer al otro, situarlo en su contexto, no juzgar desde lejos ni dar por hecho nada. Acercarse al joven nos permite entenderle, asumir la mirada que tiene sobre la vida, escuchar el rumor de Dios en él. Sin acercamiento no puede haber encuentro, y sin encuentro, no hay posibilidad de evangelizar, de transmitir y hacer vivir la experiencia del evangelio. Por eso, no es momento de esperar sino de salir al encuentro, de acercarse a las realidades donde están los jóvenes y conocer qué les ilusiona, qué decepciones viven, qué aspiraciones y esperanzas, sin querer nada más que compartir, conocer, sentir, escuchar… El camino propondrá sus propias paradas. Y esto, no es nada fácil para los que estamos acostumbrados a controlar, programar y saber de antemano cómo hemos de hacer las cosas…
2º Identificarse. Algunos dirían hoy empatizar, pero es algo más. Identificar supone reconocer y acoger la realidad (identidad) del otro. Cuando yo identifico acerco a la otra persona y posibilito que se dé un encuentro, y dentro de este una historia que puede ser compartida. No es asumir irreflexivamente lo joven por ser joven, sino adentrarse en el porqué de sus decisiones, de sus manifestaciones, de sus búsquedas y respuestas. Identificarse es vivir cerca y rozar el misterio de cada joven, no juzgando sino valorando, discerniendo lo que es bueno y oportuno, de lo que es coyuntural y reactivo. Si algo busca un joven es identidad, por eso, cuando encuentra adultos que se identifican con él, le ganan el corazón y amplían su mirada y su vida, se adhiere. En el fondo, identificarse con un joven es darle la oportunidad de sentirse en casa, de vivir integrado y de sentirse ‘en zapatillas de ir por casa’. La Iglesia necesita (necesitamos) suscitar esta experiencia…
3º Enamorarse. Esto es la consecuencia final. Tras aproximarse a la vida de una persona con respeto y cariño, y poder acoger su realidad hasta sentirla propia, nace sin pretenderlo la atracción, el querer amarlo, el poder amarlo. Enamorarse es un proceso involuntario, gratuito, sorpresivo. Pero la mayoría de las veces siempre le precede una historia (breve e intensa o larga y cadenciosa). Solo los enamorados son capaces de mirar, sentir y actuar de maneras diferentes, de arriesgarse y de dar un giro en su vida y en la vida de la persona a la que sienten amar. Por ello, solo el hecho de que lleguemos a enamorarnos de los jóvenes y niños será el acicate, el pistoletazo de salida de una nueva pastoral jóvenes, de una nueva historia de evangelización protagonizada por enamorados. Quizá necesitemos menos estrategias y más ‘presencia y figura’, “que la dolencia de amor que no se cura, sino con la presencia y la figura” (S. Juan de la Cruz).

Y concluyo con esa advertencia que habla directamente a nuestro Año Jubilar Calasancio y al próximo Sínodo sobre los jóvenes y la fe: “Consideraría un «pecado social» dejar pasar este Año de la Juventud sin comprometerse con acciones concretas.” (Parece resonarme el refrán castellano: ‘obras son amores y no buenas razones’).
Hasta la próxima…

Actividad navideña con los adultos mayores

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El domingo 11 de diciembre se celebró el compartir navideño con los adultos mayores del Templo Parroquial San José de Calasanz. En la mesa se compartió la hallaca, ensalada, pan de jamón, asado negro y refresco.

Gracias a todos los que cooperaron con esta gentil actividad y que Dios le bendiga

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Los jóvenes, opción preferencial (Parte II)

adole.pngContinuamos con la Carta del P. Ángel Ruiz y os propongo estas líneas de la Introducción:
“Calasanz no sólo nos une. Nos inspira, nos arrastra. Y es Calasanz, sin duda, quien me ha inspirado que escribiera. Es verdad que está de por medio el Año de la Juventud. Pero, en el fondo, hay algo más. He sentido muchas veces la tentación de escribir sobre los jóvenes. Porque a jóvenes, durante estos años, he escrito muchas cartas.
Y ese algo más, es mi pasión por los jóvenes. Por eso digo que Calasanz me está inspirando y comunicando un poco de aquel amor hasta el sacrificio, que él sintió por ellos. Doy gracias a Dios porque me ha regalado y sigue regalando este don de amarlos.
La circunstancia del Año de los Jóvenes constituye un desafío para los adultos. Para los educadores, especialmente. Es apremiante preguntarse y preguntar a los jóvenes qué piensan, qué mensaje traen para esta sociedad que no nos gusta a nadie, qué escala de valores llevan dentro, qué caminos pretenden abrir de cara al futuro. Lo cual supone escucharles mucho. Pero después, con sumo respeto, tenemos que decir en alta voz lo que hemos captado en ellos. Así, entre todos, descifraremos el interrogante que es cada joven. Porque hay que hacerse la misma pregunta que se hacían las gentes ante el niño Juan Bautista: «¿Qué llegará a ser este niño?». ¿Qué será este joven?
Yo me siento interpelado. Y, para animaros a intervenir, voy a comenzar por dar mis puntos de vista en forma de preguntas: ¿Hemos hecho de los jóvenes nuestra opción preferencial? ¿nos fiamos de ellos? ¿confiamos en sus aportaciones para cambiar la sociedad? ¿cómo estamos acompañando la realización de su proyecto de hombre o de mujer?
Yo tengo mis dudas y no respondo. Prefiero profundizar en torno a esos interrogantes.”

MI REFLEXIÓN
Esa intuición del P. Ángel en torno a Calasanz hoy la vemos ‘hecha carne’. Calasanz no solo une, sino que INSPIRA y ARRASTRA. ¡Que se lo digan a los cientos -¿miles?- de laicos que hoy se sienten inspirados y arrastrados por su persona, su vida y su carisma! Qué dos hermosos verbos:
Inspira. Es el efecto de respirar, de traer aire que purifique y renueve la vida. Es la constatación de que seguimos vivos. Los escolapios, más que preocupados por las vocaciones (que también), deberíamos preocuparnos de constatar y vivir que Calasanz da vida, mejora la existencia de quien se acerca a él o a sus hijos. Seremos fecundos en la medida que Calasanz sea inspirador de nuestras vidas, de nuestro ministerio y de cada una de nuestras iniciativas.

  • Arrastra. Esto requiere de nuestra respuesta directa. Lo anterior se nos regala, el poder ser arrastrados requiere de nuestra participación. En ocasiones, leo cosas preciosas sobre Calasanz, nuestro carisma y nuestro ministerio. Si nos fijamos en el mensaje del Papa a la Orden por el Año Jubilar Calasancio escuchamos expresiones preciosas: “…espero que hagan memoria de lo que son y de lo que están llamados a ser. Pido al Señor que les conceda vivir aquellas disposiciones que hicieron santo a su Fundador. De esta manera, las Escuelas Pías serán lo que San Calasanz quiso y lo que los niños y los jóvenes necesitan.” ¡Qué bonita manera de decirnos: ‘déjense arrastrar por Calasanz’! Pero, ¿qué supone esto? Me arriesgo a dar un itinerario para que esto pueda darse (más allá de las bellas expresiones de 140 caracteres):
  • 1º Conocer. Para dejarse seducir por alguien y llegar a amarlo lo suficiente como para dejarse arrastrar, hay que conocer y hacerlo ‘cordialmente’, que afecte el corazón. Este camino pasa, en la mayoría de las ocasiones, por la puerta de entrada que es el conocimiento intelectual. ¿Conocemos a Calasanz, su biografía, su vida, sus opciones vitales, sus sufrimientos, sus anhelos e incertidumbres? Las anécdotas son flor de un día; llegar a amar supone perder tiempo, compartir vida, dejarse afectar (‘tocar’) por esa persona. Mientras Calasanz no sea de esta manera conocido, difícilmente nos dejaremos arrastrar por él. Ojalá que este Año Jubilar sea un motivo para acercarnos a los textos mismos de Calasanz y dejarnos afectar por ellos.
  • 2º Integrar. Sin que se dé una ‘afectación’ en nuestra vida de la irrupción de otra (Calasanz), no puede haber vocación. La llamada surge de este encuentro más vital. Las ‘disposiciones que hicieron santo a Calasanz’ son las mismas que surgen de la respuesta cordial tras el encuentro con su persona y su vida. Celebramos el bautismo, la reconciliación, la eucaristía,… pues Calasanz es nuestro octavo sacramento. Hemos de iniciar procesos de preparación, iniciáticos, mistagógicos para procurar esta experiencia calasancia.
  • 3º Compartir. Es casi una consecuencia de lo anterior. Cuando una persona vive en primera persona y acoge los sentimientos vividos de otra haciéndolos suyos, se produce un encuentro vital que llena de vida, de luz y de fuerza, es el mismo Dios actuando del mismo modo en momentos y personas diferentes. Esto suscita en la persona la necesidad de contarlo, de compartir, de desear que otros puedan tener acceso a la misma experiencia. ¿Estamos viviendo escolapios, religiosos y laicos, esta necesidad?
  • 4º Vivir y testimoniar. Finalmente toda presencia acogida de Dios provoca un movimiento de entrega y cercanía hacia los demás, en concreto hacia los más desfavorecidos (es la señal más evidente de la presencia de Dios). Viviendo, no hará falta gritar muchas palabras, nos verán y reconocerán en nosotros al propio Calasanz, y los niños y jóvenes sentirán que son acompañados en su necesidad, que son ‘complementados’ en los huecos provocados por la injusticia, y consolados en las heridas de su historia.

PASIÓN POR LOS JÓVENES. Desde estas claves se entiende la expresión del P. Ángel ” mi pasión por los jóvenes”. No hay pasión si no es fruto de un encuentro que transforma, sobrecoge y enamora. Entregarse a los jóvenes no es una decisión voluntarista, sino una exigencia del amor experimentado. La verdadera y efectiva pastoral juvenil no nace en un despacho, ni en una reunión de sesudos pastoralistas ni siquiera en la mirada eclesial bondadosa sobre los jóvenes, sino en el descubrimiento de Jesucristo en cada chico y cada chica. Como le pasará a Calasanz, el joven se vuelve ‘sacramento’ de Cristo; sirviendo, acompañando y consolando al joven, servimos, acompañamos y consolamos al mismo Cristo en persona. Esto no se aprende ni se adquiere en un curso de formación, sino en la experiencia del encuentro con Jesús, cuyo fruto, como don y regalo inesperado, es este amor a los jóvenes.
También este Año Jubilar Calasancio es un desafío para los adultos. Pues no se nos invita a las socorridas celebraciones y manifestaciones públicas de un pasado glorioso, sino a renovar este amor a Jesucristo que suscite en nosotros la pasión por los jóvenes (y niños). Y viceversa. Pues en la cercanía y escucha atenta de las inquietudes que trae cada joven podremos escuchar ‘la voz de Dios es voz del Espíritu, que va y viene, toca el corazón y pasa ni se sabe de dónde viene o cuándo sopla, importa, pues, mucho, estar siempre alerta para que no llegue de improviso y se aleje sin fruto’. Y en este doble encuentro con Jesús y los jóvenes, podremos, ahora sí, escuchar lo que piensan, acoger el mensaje que traen a esta sociedad, respetar su escala de valores y discernir los caminos de futuro que llevan escritos en su interior. Este ejercicio de ‘adultos y jóvenes’ cuánto se acerca a la intuición del Papa Francisco en la Evangelii gaudium n. 108: “…cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos.”
Solo así podremos ser altavoces de la voz de Dios que habla en los jóvenes. Los que se preparen a vivir este encuentro, han de estar dispuestos a ‘dar la cara’ por los jóvenes, a ser sus altavoces. Esto no es la socorrida estrategia de hacer a los jóvenes ‘reina por un día’, en eventos y encuentros masivos, sino hacer que protagonicen el hoy de la Iglesia, con presencia real en sus estructuras y sus órganos de gestión, en los lugares donde se decide el futuro y las nuevas orientaciones de la acción pastoral de la misma. Todo esto se inicia en el día a día de cada grupo, institución, parroquia o movimiento, en el trato que les damos, el estilo de relación con ellos y las propuestas que iniciamos conjuntamente.
Termino reproduciendo las preguntas del P. Ángel sin glosa alguna, pues son los suficientemente potentes como para recibirlas como un acicate que remueva nuestras conciencias y espolee nuestra vida en el camino hacia los jóvenes:
¿Hemos hecho de los jóvenes nuestra opción preferencial?, ¿nos fiamos de ellos?, ¿confiamos en sus aportaciones para cambiar la sociedad?, ¿cómo estamos acompañando la realización de su proyecto de hombre o de mujer?