LA ALEGRÍA DE TODA LA FAMILIA

  • Es estar con muchos hermanos celebrando muchas cosas, cuatrocientos años de cosas.
  • Es leer juntos la Palabra de Dios con los ojos de Calasanz, bendiciendo a los más pequeños, aprendiendo a ser pequeños.
  • Es cantar juntos la bondad del Señor con cada uno de los que hemos compartido años de camino escolapio.
  • Es recordar lo mucho que hacemos y lo mucho que nos queda por hacer.
  • Es montar nuevos proyectos entre los más sencillos, para que un día no haya más proyectos y simplemente no hagamos falta.
  • Es brindar por otros 400 años en fidelidad creativa, en comunidad convocante, en trabajo de esclavo con alma libre y liberadora.
  • Es sentir a Cristo “cuando a ellos se lo hicisteis”, sabiendo que yo también quizá fui Cristo para otro no cuando ayudé sino cuando me ayudaron.
  • Es enamorar jóvenes para prometerlo todo, y acompañarlos para ser arrastrado por su ilusión y no caer en desencantos ni canonjías.
  • Es entrar en el movimiento que otros impulsaron, para dar alguna que otra pedalada, y seguir juntos en avance de Reino.
  • Es comer de la confianza del hermano, y beber de la alegría de los niños.
  • Eso puede ser hoy Peralta de la Sal, Roma, tu cole o el mío. Fiesta que celebra la alegría de toda la familia. Por Calasanz. Por nosotros. Por ellos y ellas, que el lunes allí estarán, a la espera de la alegría.

Juan Carlos de la Riva

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Semana de San José de Calasanz

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En la semana del 20 al 24 de noviembre la Unidad Educativa Obra Social San José de Calasanz celebró la festividad de nuestro Santo Patrono José de Calasanz.

La jornada inició el lunes con la Banda Show de Luisa Cáceres de Arismendi (Fe y Alegría) y el desfile por las calles adyacentes al Plantel. El martes la fiesta se enfocó en los pequeños de Preescolar con sus juegos alusivos al Santo. El miércoles la cita fue los los estudiantes de Primaria, entre juegos y dinámicas iban conociendo y fortaleciendo sus conocimientos de las Escuelas Pías. El jueves y dinámicas estudiantes de Media Técnica. El viernes la cita fue con el personal de la Institución donde celebraron con misas, juegos y dinámicas, también conociendo de la vida de los célebres escolapios.

Felicidades a todos los que disfrutamos de esta Semana de San José de Calasanz

Dos alumnos a los que admiro

He sido buen alumno, y con el tiempo me voy dando cuenta. Me voy haciendo mayor, porque miro hacia atrás muchas veces. Siempre he hablado bien de mis profesores, los he valorado. Con algunos sigo teniendo contacto, con otros me gustaría retomarlo. En clase me he comportado razonablemente bien.

Pero no hablo de eso. Ya no tengo la suerte de ser alumno, me toca la responsabilidad de ser el profesor. Esta semana he llegado tarde a clase por la lluvia, una vez más, y me doy cuenta de la seriedad y diferencia que hay entre unos y otros. Ahora veo a los alumnos, los miro. Cada día intento preguntarme qué sé de dos de mis alumnos de este curso y sé muy poco, excesivamente poco. Pongo notas en función de lo que sé intentando no mirar demasiado lo mucho que ignoro, con cierto sufrimiento.

Dos alumnos me llaman, con el tiempo, especialmente la atención. Sé que estos chavales con quienes comparto aula dentro de poco serán mejores que yo, y me alegro por ello. Ayer mismo, una vez más, tuve esa sensación con uno de los jóvenes a los que di clase en mi primera generación. Me han superado. En parte, sólo en parte, me siento orgulloso de haber contribuido a ello. Pero, me centro, dos alumnos me llaman especialmente la atención, por la admiración que me despiertan:

  • Los que hacen buenas preguntas. Es una forma de demostrar muchas cosas. Que están a lo que hay que estar, que no tienen miedo, que saben cuestionar y dudar, que buscan entender, que ya tienen alguna “idea” de algo. Por contra, no me agrada nada comprobar que hay chavales que, en su pobreza de experiencias, están ahí como si ya supieran todo lo que hay que saber, como si nada tuvieran que aprender. El que hace preguntas, muchas veces desde sus propias dudas e implicándose personalmente en lo que dicen, también quieren expresarse y dialogar. Usan sus palabras, como sus vivencias, con la mejor de las intenciones. Dan un paso adelante, se significan, rompen el anonimato, son valientes, se hacen entender, se preocupan de la cuestiones que trabajamos, y siguen adelante. Lo que preguntan muchas veces queda sin resolver, se mantiene y manifiesta en el diálogo pero sigue adelante.
  • Los que se esfuerzan y ponen todo de su parte. Algunos chavales tienen una capacidad, casi innata e inmerecida para comprender las cosas. Por la inteligencia que sea, sin entrar en matices. Descubro que algunos jóvenes, casi con mirar, aprenden. Están despiertos y lo aprenden rápido. Son ágiles, vivos. Sin embargo, no hay en ellos ni pizca de esfuerzo. Otros deben esforzarse, trabajar para aprender. Y lo hacen diariamente, con constancia, buscando ayuda, pidiendo y sabiendo encontrar los apoyos necesarios. Estos alumnos hacen un bien enorme a todos los demás, mientras que los primeros fomentan no pocas veces la pereza y se van conformando con sus dones naturales sin poner en ello nada de su parte. Los que se esfuerzan, los que ejercen y dominan su voluntad tienen un recorrido enormemente largo. Han aprendido, sin querer probablemente, uno de los misterios más hondos de la vida: la obligación de hacernos a nosotros mismos, la necesidad de la acción y el compromiso responsable con el tiempo. No me explico mejor con otras palabras, aunque puedan ser oscuras. Están ahí sabiendo de la seriedad del tema y deciden entrar en él con su oscuridad para hacer luz y encontrar claridad.

También admiro a otros muchos chavales. Pretendo querer a todos mis alumnos, evidentemente, por el mero hecho de ser personas con las que me he encontrado. Sin embargo, estos me provocan admiración. Espero que ellos sean de esos muchos por los que en la vida me sentiré gratamente superado.

Sobre el lunes a primera hora

¿A cuántas personas has ayudado hoy?

No puedo dejar de escribir, miserablemente quizá, sobre esta pregunta. Por pudor, no diré de quién la he sacado. Sólo diré que no me la hizo a mí, sino que fue una confesión de su propia intimidad. Una pregunta que hacía por la noche a la persona que, probablemente, más amó del mundo. ¡Qué gran pregunta! Sólo escucharla me ha impactado.

Efectivamente, día a día me encuentro con cientos de personas. Hoy lo he contado. Superan ampliamente la centena. A algunas las conozco, a otras las conozco muy poco, a otras las ignoro. Todas son personas. No me cabe la menor duda, aunque por desgracia no las trate como tales, con el respeto y dignidad que se merece cualquier persona. El anonimato, el cruzarme sin más por la calle con alguien, los otros conductores que por la mañana se dirigen al trabajo igual que yo y que coincidimos estos días en los atascos, mis mismos alumnos, de los cuales sé tan poco…, mis compañeros de trabajo, de los cuales sé tan poco…, mis amigos, que pasan desapercibidos en mi día a día por las ocupaciones, entregar y tareas… mi familia, que vive en ocasiones tan lejos… Cientos de personas con las que a diario trabo contacto, y que de vez en cuando pasan a ser relación. Ninguna persona se merece menos que una relación cordial.

Me asombró de la pregunta, y fue lo primero que pensé, que interrogase en plural. En ocasiones, con ayudar a una persona nos sentimos tan bien y tan satisfechos que llena una semana. Pero esta personas que hizo la pregunta, y aquel a quien tanto quería, son tan especiales que hablaban en plural. Y lo hacían con sencillez. ¿A cuántas personas has ayudado hoy?

Espectacular. Desbordante. Más que admiración, devoción.

Día a día, insisto, trato con cientos de personas. Jamás he pensado en tratar a alguien mal, no entra ni en mi lógica ni en mi corazón. Pero esta pregunta es de otra pasta. Es algo así como preguntarse, con la sencillez, y lo destaco porque aquí está la clave, de quien hacía la pregunta, significa entrega. No la “superioridad” de la ayuda que se da a otro, sino a quién te has entregado hoy, con quién has compartido tiempo y vida, hacia quién, y no hacia qué, están dirigidos tus esfuerzos. No hay mayor signo de humanidad que aquel que humaniza, que pone su persona en juego, en aquello que hace.

Pongo un ejemplo, del mundo que conozco que es la educación. ¿Cuántas veces un profesor entra en clase, para tratar con personas, con el deseo sencillo y contundente al mismo tiempo de ayudar, de servir, de eso que llamamos amar y mejorar al otro? ¿Cuántas veces, de las muchas oportunidades diarias que tengo, me cruzo con alguien en un “no lugar”, en un lugar “no concreto y esperado”, y tengo la oportunidad de mejorar el mundo? Efectivamente, con una sonrisa, con una palabra amable, con un gesto que nos relacione, que nos saque del anonimato de no eres nadie para mí y pase al eres, al ser, al reconocimiento del otro.

La pregunta es dura. La guardaré siempre con gratitud y agradecimiento.

Imagino un mundo en el que esta forma de relación se invirtiera y fuera posible la reciprocidad, la amistad entre unos y otros, la cordialidad más sincera, la compasión más extrema, la entrega más constante.

@josefer_juan

Discernir en movimiento

En movimiento.jpgHace apenas unos días, Rodolfo Abello, encargado de la pastoral juvenil de la Provincia jesuita de Colombia hizo una pregunta al papa Francisco: ¿Hacia qué horizonte quiere que motivemos a nuestros jóvenes de espiritualidad ignaciana?
La respuesta me llena de alegría y me confirma en muchas de las intuiciones desde las que trabajan muchas instituciones. Dijo esto:

  • “Me sale, para decirlo un poco intelectualmente: meterlos en espiritualidad de Ejercicios. ¿Qué significa eso? Ponerlos en movimiento, en acción. Hoy la pastoral juvenil de pequeños grupos y de pura reflexión no funciona más. La pastoral de jóvenes quietos no anda. Al joven lo tienes que poner en movimiento: sea o no sea practicante, hay que meterlo en movimiento.
  • Si es creyente, te resultará más fácil conducirlo. Si no es creyente, hay que dejar que la vida misma sea la que lo vaya interpelando, pero estando en movimiento y acompañado; sin imponerle cosas, pero acompañándolo… en voluntariados, en trabajos con ancianos, en trabajos de alfabetización… en todos los modos que son afines a los jóvenes.
  • Si nosotros ponemos al joven en movimiento, lo ponemos en una dinámica en la que el Señor le empieza a hablar y comienza a moverle el corazón. No seremos nosotros los que le vamos a mover el corazón con nuestras argumentaciones, a lo más lo ayudaremos, con la mente, cuando el corazón se mueve.
  • Ayer, en Medellín, conté un episodio muy significativo para mí porque que me salió del corazón. En Cracovia, durante un almuerzo con 15 jóvenes de diversas partes del mundo, junto al Arzobispo -en cada Jornada de la Juventud hay un almuerzo de estos- empezaron a hacer preguntas y se abrió un diálogo. Un muchacho, universitario, me preguntó: “Algunos de mis compañeros son ateos, ¿qué les tengo que decir para convencerlos?”. La pregunta me hizo notar el sentido de militancia eclesial que tenía este joven. La respuesta que me vino fue clara: “Lo último que tienes que hacer es decir algo, lo último. Empieza a actuar, invítalo a que te acompañe y cuando él vea lo que haces y el modo como lo haces te va a preguntar, y ahí empieza a decir algo”.
  • Lo que yo les digo es que metan a los jóvenes en movimiento, inventen cosas para que ellos se sientan protagonistas y así, después, se pregunten: “Qué pasa, qué me cambió el corazón, por qué salí contento?”. Como en los Ejercicios: cuando uno se pregunta acerca de las mociones interiores.
  • Obviamente, no les pregunten a los jóvenes qué mociones tuvieron porque no van a entender nada de su lenguaje. Pero dejen que les cuenten las cosas que han sentido, y a partir de ahí, involúcrenlos poco a poco. Ahora, para eso -como me decía el benemérito padre Furlong cuando me hicieron Provincial- hay que tener la paciencia de sentarse y escuchar al te cuestiona y hay que saberse desenvolver cuando el que viene te quiere llevar a discusiones infinitas. Los jóvenes cansan, los jóvenes cuestionan, y hay que tener esa mortificación continua de estar siempre dispuestos a escucharlos. Pero para mí el punto clave es el movimiento.”

@rpj_escolapios

Somos lo que somos

DJsSIY6W4AAYPwQ.jpgDE NUEVO SOMOS LO QUE SOMOS, PROFES

  • Porque hasta que no se llenan los pasillos, las aulas, los patios, las escaleras… hasta que no hay bulla, gritos, empujones, risas locas… hasta que no se hace ese silencio expectante y nervioso del primer día… hasta ese día no somos lo que somos. Seremos otra cosa, pero no nosotros mismos.
  • Qué profundo esto de que para ser yo, necesite tanto a los demás.
  • Sin el niño, la niña o el joven… no somos profes. Son ellos los que nos hacen: nos redondean las aristas esquinadas que se nos quedaron de tanta hamaca de playa; nos hacen jugar al “te sigo si me quieres, te ignoro si tú también lo haces”; nos retan a un nuevo equilibrio, justo cuando ya conseguimos una vez poner la botella de pie en la cornisa; nos abuchean los chistes y se nos ríen de las filosofadas más profundas y elaboradas; nos amenazan con no abrir el libro, y nos buscan cuando su vida no tiene manual de instrucciones.
  • Si, todo eso, y mucho más. Ya desde hoy, y en adelante. En mitad de agobios, de timbres, de citas, de aplicaciones, de reuniones, de no ver el momento de comerse la manzana… ellos y ellas, pequeños y no tanto, personas. Y como tales, incompletas, inmaduras, inverosímiles. Durante dos meses han sido hijos/as, colegas, primos, turistas, marmotas, gamers, modelos, transgresores…, pero cuando entro, cuando camino entre sus mesas, cuando les llega mi voz, mi presencia, mi persona, entonces sí, son alumnos y alumnas, y su ser comienza a pedir ser más persona.
  • Y les cuento que yo también estoy en ese quehacer, que no tengo otro oficio que el de ser persona, pero a lo maestro, y que sin ellos sólo he sido durante dos meses paseante, lector, tranquilo desayunador o visitador de museos y lugares. Pero ya, por fin, de nuevo soy lo que soy, profe. Creo que me creen. Y yo también, creo que creo en ellos y ellas.

Juan Carlos de la Riva / Director de RPJ