A propósito del Día del Maestro. A. Pérez Esclarin

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Con motivo de celebrar el próximo viernes el Día del Maestro y como homenaje a todos esos educadores y educadoras anónimos que, a pesar de los problemas y dificultades, viven con ilusión y entrega su vocación de servicio, quiero con estas líneas agradecerles su abnegado trabajo, reafirmar la importancia de su misión e insistir en la necesidad de valorarlos más. Ser maestro, educador, es algo más sublime e importante que enseñar matemáticas, biología, computación o inglés. Educar es alumbrar personas libres y solidarias, dar la mano, ofrecer los propios ojos para que los alumnos puedan mirarse en ellos y verse valorados, queridos, importantes. El quehacer del educador es misión y no simplemente profesión. Implica no sólo dedicar horas, sino dedicar alma. Exige no sólo ocupación, sino vocación. El genuino educador está dispuesto no sólo a dar clases, sino a darse, a gastar su vida para que los demás tengan vida en abundancia.
El educador tiene una irrenunciable misión de partero de la personalidad y del espíritu; ayuda a nacer al hombre y la mujer posibles. La vocación docente reclama, por consiguiente, algo más importante que títulos, diplomas, conocimientos y técnicas. Formar personas sólo es posible desde la libertad que libera y desde el amor que crea seguridad y abre al futuro. Cuando un maestro vive su diaria tarea no como un saber, que le crea un poder, o como una función que tiene que cumplir, sino como una capacidad que le invita a un servicio, está no sólo ayudando a adquirir determinados conocimientos, destrezas y competencias, sino que está dando sentido a su misión, está educando, está ayudando a ser.
Esto presupone una madurez honda, una coherencia de vida y de palabra. Y esta coherencia es imposible sin un permanente cuestionamiento y cuidado del propio proyecto de vida. Sólo quien reconoce sus carencias y limitaciones y las acepta como propuestas de superación, de crecimiento, es decir, de formación, será capaz de aprender y por ello de enseñar. El que se refugia en sus títulos, el que se coloca con autosuficiencia frente a los alumnos, será incapaz de establecer una verdadera relación comunicativa, será incapaz de entender la necesidad de su propia educación, será por ello, incapaz de educar.
Si ninguna otra profesión tiene, a la larga, consecuencias tan importantes para el futuro del país y de la humanidad como la profesión de maestro, la sociedad debería considerar esta profesión de un modo tan especial que los mejores jóvenes la sintieran atractiva. Resulta muy incoherente alabar en teoría la labor de los maestros y maltratarlos en la práctica. La sociedad exige mucho a los maestros y les da muy poco. Se les exige incluso que tengan éxito en asuntos como la enseñanza de valores, en los que las familias, el Estado y la sociedad han fracasado estrepitosamente. Conseguir un buen maestro es la mejor lotería que a uno le puede tocar en la vida. Pero si bien todo el mundo desea el mejor maestro para sus hijos, muy pocos quieren que sus hijos sean maestros, lo que evidencia la contradicción que reconoce por un lado la importancia de los maestros, pero por el otro, los trata como a profesionales de segunda o tercera categoría. Si queremos que la educación contribuya a acabar con la pobreza, primero debemos acabar con la pobreza de la educación y con la pobreza de los educadores. Es hora de abandonar la mera retórica y empezar a tratarlos con el respeto y la valoración que se merecen.

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