CALASANZ, CON GUSTO! (En su semana ‘de gloria’). De Carles Such Hernández

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Alguien debió pensar que el sabor amargo y el ácido ‘no son buenos’. Por eso tendemos a salar o endulzar todos los alimentos. Sin darnos cuenta, hemos reducido la capacidad de saborear a la mitad de sus posibilidades. Reducimos el gusto y con él, todas las realidades que resultan amargas o ácidas. Y como un cáncer lento y fulminante, va extendiéndose a todas las realidades de la vida. Para combatirlo, volvemos a caer en el engaño: más azúcar (o sacarina o stevia) o más sal, y solo los que consideramos ‘enfermos’ reducen estos dos componentes, no porque realmente sean dañinos, sino porque reducirlos, posibilita que emerjan otros sabores. La diabetes y la hipertensión no son más que dos ‘quejas’ naturales del cuerpo ante esta colonización bastarda de los glúcidos y los cloruros. Quizá estemos ante una de las generaciones más enfermas de la historia, pues tienden a reducir al máximo la salud de sus vidas, las posibilidades de la realidad y las lecturas de la historia.
A Calasanz lo hemos edulcorado hasta enfermarlo, un diabético de grado 1. Le hacemos hablar en casi todas las lenguas cuando apenas utilizó el castellano, algo de catalán chapurreado y el italiano. Lo ponemos al timón de todas las escuelas, sean de barrio o de ciudad, de ricos o de pobres, de pequeños o de mayores, cristianas o laicas, populares o privadas, gratuitas o de pago… Es el abanderado de cualquier educador, sea como sea, crea en lo crea, viva como viva… Calasanz se ha convertido en un bollito de crema espolvoreado de azúcar glass que provoca una sed tremenda, ya apenas sacia. Por eso, en esta semana y este día 27 que celebramos su Patrocinio en nuestras escuelas, me gustaría ampliar la inmensa realidad del santo de los niños, ampliando su gama de sabores.

DULCE: Posiblemente es de lo que menos tiene José de Calasanz. Su dulzura fue su mirada y su trato. Atraía contagiando, pero no fue una persona dulce. Su figura adusta y su semblante serio hablaban de su poca afición a los postres y dulces. Sin embargo, supo extraer hasta el último gramo de dulzura en su amabilidad y cercanía desarrollada en su atención esmerada y su búsqueda del bien de cada niño y persona. La dulzura en Calasanz no es una experiencia meliflua  y melosa, sino tierna y amable. La vivía más que la expresaba. Calasanz fue tremendamente dulce en la propuesta de abrir la vida de los niños pobres y sin recursos a la educación y formación, al evangelio y a Dios. Su dulzura fue abrir el gusto de los niños para que la vida se llene de posibilidades.

SALADO: Posiblemente sea el sabor más característico del santo aragonés. Y no solo porque naciera en Peralta de la Sal, donde hasta hoy mismo sigue habiendo unas salinas (ya no comercializadas). Desde su infancia supo dar sabor a las circunstancias sosas de su vida. Su infancia la llenó de audacia, valentía y pasión. Su juventud (entonces no existía la adolescencia) fue saborear momentos y experiencias que le reportaran el anhelo de su corazón (su propia vocación). Su adultez una obra culinaria exquisita, dando a cada plato de su existencia el toque preciso de sal para hacer de la vianda un alimento saludable y exquisito: respuestas sociales concretas, obras educativas, procesos de crecimiento, espiritualidad encarnada en la realidad humana, conocimiento propio… Y en su ancianidad, aprovechó el exceso de salazón para conservarse como hijo de Dios y de la Iglesia sin dar atisbo a la caducidad que le rodeaba. Murió ambientalmente destruido pero personalmente intacto, sin pizca de corrupción.

AMARGO: Posiblemente el sabor menos evidenciado de Calasanz. Terco por temperamento, vivió los momentos duros de su vida acogiéndolos como venidos de la mano de Dios. Su experiencia de amargura supo libarla sacando bien del mal, vida de la muerte, ocasión del problema, oportunidad del accidente. Su lado amargo le preservó de la desesperación y el derrotismo. También le valió para empatizar con tanta amargura instalada en los corazones de los niños pobres. No disimulaba, acogía. No ladeaba el conflicto, lo merodeaba hasta integrarlo y diluirlo. Su lado amargo le permitió ser libre ante tanto trato pastelero de curias eclesiales, dignidades vacías y boato vaticano. También las sufrió. Pero para uno que apenas prueba el dulce, la saturación glúcida de aduladores y zalameros, le provoca sueño. Su lado amargo posibilitó la creación de una Orden religiosa dedicada exclusivamente a la educación de los pobres, pues solo la cruz es la puerta de la salvación. Y él supo de cruz, y de amarga pasión.

ÁCIDO: Posiblemente el sabor más actual y prolífico para nuestros tiempos. Fue un crítico social, ácido con los ricos y poderosos; ácido con los espiritualistas desencarnados; ácido con las dignidades eclesiásticas; ácido con las diferencias sociales; ácido con los contrarios al diálogo interreligioso; ácido con los detractores de la ciencia;… Me río yo de los políticos ácidos actuales. Calasanz hizo de su acidez su mejor arma para desestabilizar las realidades neutras de su tiempo. Ante la neutralidad que busca el establecimiento del statu quo de los poderosos y ricos, la acidez de ponerse de parte del débil, del desamparado, del marginado. Ante la neutralidad que se vive en ‘el centro’, la acidez de ‘la periferia’ (diría hoy Francisco). Sin duda, Calasanz es mucho más ácido que dulce. ¿No nos dice nada a la hora de cantarlo y celebrarlo? ¿Vamos a seguir llenando nuestros cuadros, celebraciones, oraciones y fiestas calasancias de napolitanas de crema, buñuelos de aire y profiteroles? ¡Acidez necesita nuestra realidad escolapia! Menos complacencia y más riesgo y audacia. Menos aniversarios y más creatividad. Menos recuerdos y honores y más profetismo. Menos centro y más periferia. Menos palabras ‘dulces’ y más obras ‘ácidamente comprometidas’.

Hubo un hombre que pasó por esta tierra… GUSTANDO como nadie, su realidad.

¡FELIZ (y gustoso) CALASANZ!

Por: Carles Such Hernández

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